La palabra hebrea Harmagedon significa “montaña de Megido”, el lugar donde, según La Biblia, los reyes de la tierra se reunirán para prepararse para la batalla del final de los tiempos. Con el ánimo de darle relevancia al concepto de “lugar”, Pau López conserva la H original en el título para su exposición “Esperant l’Harmagedon“, una instalación en la que reflexiona sobre los búnkeres que pueden encontrarse en nuestras costas como testigos de un tiempo en el que su existencia fue necesaria.

Para inaugurar la exposición, Pau ideó una performance sintetizando la “experiencia búnker” para poder llevarla al interior de la galería de arte. Consistiría en sepultarme completamente, vestido de buzo, bajo 200 kg de arena, y aguantar allá el máximo tiempo posible. Es decir, sobrevivir en un búnker mínimo el máximo tiempo posible.

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El máximo tiempo posible fueron una hora y diez minutos. Durante esos setenta minutos no tuve otra cosa que hacer que respirar, lidiar con las incomodidades y pensar qué significan sobrevivir y búnker mínimo. Sobrevivir en este caso significaba permanecer enterrado hasta que me sacaran. ¿Cuánto iba a aguantar? ¿Cuánto aguanta un ser humano en un búnker? ¿Qué es lo que hace que aguantes o dejes de aguantar?

Yo sabía que cuando quisiera podía salir. Tenerlo presente hacía más soportable el dolor de espalda, el ahogo, el frío… Sabía que aquello acabaría en cierto momento, que saldría e iría a tomar algo con mis amigos. Me pregunté si esa convicción sería un elemento imprescindible para sobrevivir: el saber que la situación tiene final. En este sentido, más que “esperando el armagedón”, lo que el habitante del búnker espera es que pase el armagedón. Tiene fe en ello. ¿En qué se parecen la fe, la esperanza y la convicción? En los tres casos, se crea una razón para continuar soportando la situación. Cualquiera de las tres nos sirve para ayudar a adaptarnos a la situación.

Puede que esa sea la habilidad humana esencial para sobrevivir, la habilidad de adaptarse al cambio. De mi habilidad para concentrarme en algo (mi propia respiración, los sonidos del exterior o estos propios pensamientos) dependía que consiguiera olvidarme de lo que podía hacerme salir (es decir, fracasar en el intento de sobrevivir) de mi búnker mínimo: la urgencia por liberarse de la oscuridad, la presión y la inmovilidad. Me imaginaba cómo debía ser morir enterrado, estando tal cual yo estaba pero sin saber si vas a salir o no.  Recordaba las historias de gente rescatada bajo los escombros tras largos periodos de tiempo. ¿Cómo consiguieron sobrevivir? Manteniendo la esperanza de que alguien o algo les sacara se adaptaron a la situación. Se aferraron a su vida, que al final, es lo único que tenemos. Lo cual responde a la primera pregunta: el búnker mínimo soy yo mismo, el único responsable de saberme adaptar a las situaciones que pueda encontrarme en mi vida, sin perder la convicción de que, al final, hasta el Armagedón se convierte en pasado.

Saliendo del bunker minimo

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